El rojo tiñe la sangre que camina con fuerza por entre las carnes. Amanece y el sol acaricia las manos que esconden el fuego del desenfreno, haciendo escaramuzas a lo largo del día. Llega el atardecer y la llama se mantiene encendida, eclipsando al horizonte con las llagas del crepúsculo.
Cierro los ojos y espero el sueño sonrosado a la luz de la lámpara, que languidece mi vigilia con el trémulo parpadeo de mis ojos, y pienso: el rojo pinta la sangre que adormila ante el rojo sol.

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